26/5/09

Testimonio del fenómeno

Después de averiguar entre algunos pobladores de Atuntaqui la ubicación de la vivienda de la familia Salgado Dávila, encontramos una tienda de abarrotes donde nos recibió una mujer atenta, con típica actitud de comerciante. Sentada en un improvisado escritorio hecho con retazos de tablas y encima de ésta los periódicos de los últimos días con la noticia que ella mismo nos iba a contar, Violeta Dávila empezó con su relato: “¡Mamá!, me dice espantada. ¿Qué pasa?, le digo. La Virgencita está llorando. ¿Qué dices? Mi Virgen está llorando”. Esas fueron las primeras palabras de la madre de María Cristina Salgado, testigo inicial del supuesto milagro, para contarnos cómo ocurrió este fenómeno en días pasados.
Con un tono emocionado de voz, Violeta continuó contando la anécdota. Ella acudió enseguida a la habitación de su hija, constató que no había salpicado agua de ningún lado, y corroboró el testimonio de María Cristina. “¡Madre mía!, le digo. Yo ya te recé de mañana. Te pedí por mis hijos y te vuelvo a pedir por ellos”, añadió la señora de manera enérgica.


En ciertos momentos, la mirada de Violeta era desafiante

Lo que primero decidieron hacer las dos mujeres fue buscarle al párroco. Como no encontraron una camioneta enseguida, un vecino fue el tercer testigo del hecho. “Él fue, se acercó, se sacó el gorro, ya le vio… ¡yo quería gente para que testifiquen porque ante una persona o dos, es mentira dicen, cómo va a ser eso!” agregó Violeta mientras fruncía el ceño. El padre párroco estaba dando la comunión cuando lo llamaron por teléfono. Después de la misa, el sacerdote se enteró de lo sucedido. “Llegó en el carrito con el sacristán. Suba, le dije. Y entonces me siguió. Aquí está la Virgencita, vea, le dije. ¡Le vio! Se rindió al suelo a rezar, yo también. Rezamos… Le cogió con las manitos el padre (a la imagen), le llevó al ventanal que es más claro todavía y le vio. Aquí está, dijo. Le vieron muy bien.”
Ese momento, la duda fue qué hacer al respecto, dónde ponerle a la estampa. El párroco decidió llevarla a la Iglesia; Violeta estuvo de acuerdo y argumentó con firmeza: “Bien dice padre, le dije. Porque sino después la gente, personas de mala voluntad han de decir que es mentira, que es un invento, o que talvez sea el negocio. Yo no soy de esas. Yo ya aprendí a vivir.” Con delicadeza se llevaron el afiche con la sagrada figura y según la mujer, la Virgen aún no paraba de llorar porque la lágrima seguía corriendo por su pómulo izquierdo.

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